martes, 12 de julio de 2011

Impuestos en la Basilica de guadalupe

La Villa y la gran morralla guadalupana
Linaloe R. Flores 

I
Un cepo es un artefacto unido al suelo con una sujeción que intenta ser irrompible. En la historia del mundo ha servido para varios fines. Durante la Edad Media se entrampaban ahí a los animales de caza. La Santa Inquisición lo utilizó para torturar humanos. A los hombres del Renacimiento les sirvió como alcancía para practicar el ahorro obligatorio.
La Villa
En los planos de la Basílica de Guadalupe (edificada de 1974 a 1976 por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez) el cepo fue concebido como una máquina contadora de dinero.
En 2011, un cepo de poco más de tres metros permanece conectado a una tubería por donde caen decenas, cientos, miles, quizá millones de monedas. En este río de metal, las monedas desfilan con todas sus denominaciones: 10 pesos, cinco pesos, un peso. Tienen también presencia suficiente las de 50 centavos, 20 centavos y 10 centavos (ya pocas veces la de cinco).

Este ruidoso caudal proviene de los 10 millones de peregrinos que arriban cada año a la Basílica de Guadalupe en diferentes peregrinaciones.

Pedro Herrasti es el párroco en la iglesia de la Inmaculada Concepción y autor del texto “el dinero de la iglesia”, publicado en el folleto El verdadero catolicismo (EVC). Piensa que la razón de un cepo en la Basílica de Guadalupe es lógica. “A La Villa, como a cualquier parroquia, llega morralla, kilos de morralla, y si debe ser contada, ha de ser con una máquina. No se podría de otra forma”.

De noviembre a diciembre, seis millones de peregrinos caminan por el atrio de la Basílica para venerar a la Virgen de Guadalupe, la patrona de México, en la devoción católica más grande del continente. Los otros cuatro millones se reparten en peregrinaciones el resto del año.
Son hombres, mujeres y niños atribulados. Les preocupa su situación económica y las cosas de la vida. Ninguno de ellos se va sin dejar monedas. De modo que la máquina unida al cepo las cuenta una por una, una tras otra, hasta precisar una cantidad. Es un cúmulo monetario que hasta hoy no ha sido cuantificado por el gobierno federal ni por ninguna otra fuente contable externa a la iglesia católica.
Así han pasado los años.

II
Ninguna ley obliga a las asociaciones religiosas a informar sobre sus ingresos y egresos. La de Asociaciones Religiosas y Culto Público expedida en 1991 durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, no estipuló el pago de impuestos ni la rendición de cuentas.

Sin obligación legal, el dinero de La Villa no ha sido estimado en ningún registro contable. Las fuentes consultadas para este texto coinciden en que sólo sería posible medir ese flujo a partir del número de peregrinos y sus necesidades, quienes pese a su demostrada perturbación económica dejan siempre monedas cada vez que visitan La Villa.

El texto de dicha ley se refiere al dinero de las asociaciones religiosas sólo una vez. El inciso “d” del artículo segundo dice a la letra: “No ser obligado [el feligrés] a prestar servicios personales ni a contribuir con dinero o en especie al sostenimiento de una asociación, iglesia o cualquier otra agrupación religiosa, ni a participar o contribuir de la misma manera en ritos, ceremonias, festividades, servicios o actos de culto religioso”.

Francisco Sánchez Domínguez, representante legal de la Arquidiócesis Primada de México hasta septiembre del año pasado, expone que esa letra legal se enmarca en la libertad religiosa. Explica que dejar dinero es una acción volitiva, más vinculada al ánimo del fiel católico que a una coerción de la institución. Precisa que conforme al derecho canónico, los católicos sí pueden quedar obligados moralmente a contribuir con dinero a su grey. El diezmo y las limosnas son ejemplos de ello.

Para otro estudioso del derecho y los cultos religiosos, el constitucionalista Raúl González Schmal, el dinero de La Villa “es parte de los recursos que pueden allegarse todas las asociaciones. Cada una tiene un régimen. En cuanto a las limosnas hay la presunción que quien las otorga ya pagó impuestos. Esto queda fuera del control del fisco. Y al final, es un asunto de la libertad religiosa”.

Durante 74 años las iglesias no tuvieron personalidad jurídica. La Constitución de 1917 las desconocía. En 1991 la Carta Magna creó una nueva persona moral sin precedentes ni parangón en ningún otro país: las asociaciones religiosas.

Sobre esa reforma constitucional, Sánchez Domínguez relata: “Pensaron que iban a llegar a registrarse las iglesias y se encontraron que llegaron las diócesis. Cada diócesis es diferente de otra. En derecho canónico tienen personalidad jurídica distinta porque están ubicadas en demarcaciones sociales específicas. Entonces, bajo el derecho mexicano, las diócesis quedaron registradas como asociaciones religiosas”.

De acuerdo con la ley, una asociación religiosa matriz puede crear asociaciones religiosas derivadas o filiales. Cada una tendrá personalidad jurídica y patrimonio propio. La Arquidiócesis Primada de México conformó 600. Una de esas 600 es la Basílica de Guadalupe. Es una persona moral sin fines lucrativos y en esa medida no está obligada a presentar impuestos ni a informar a ninguna autoridad del Estado qué llega, cómo llega o cuánto llega a sus arcas.
III
Esto es un círculo. Una parroquia con forma de círculo. Un andar que sólo puede hacerse en círculo. La Virgen de Guadalupe se ve desde cualquier punto del círculo. En esta redonda estructura hay siete puertas que aluden a las de Jerusalén, las referidas por Jesús en La Biblia. Este es un círculo en el que se paga por muchas cosas.

Unirse en matrimonio, debajo del altar mayor de la Basílica de Guadalupe, tiene el precio de cinco mil pesos. El enlace baja de precio si se realiza en forma colectiva. En 2011, para este modelo de boda —en el que hasta cinco mil parejas pueden compartir la bendición sacerdotal— la tarifa se encuentra en 150 pesos. La boda colectiva se realiza una vez al año. Los requisitos únicos son llegar media hora antes de la ceremonia y pagar la tarifa.

Bautizar a un niño cuesta mil 300 pesos. Cuesta menos si el bautismo se realiza en forma colectiva: 150 pesos.

Las misas de difunto cuestan 100 pesos. El turno para la mención durante la misa debe solicitarse con cuatro meses de antelación.

Aquí también se paga para comprometer la voluntad del alcohol. En el convento de las Capuchinas —en el costado oriente de la antigua Basílica—, hay un letrero que dice “juramentos”. Los hombres —casi siempre son hombres— llegan en bloques de 20.

Un religioso dice en voz alta: “Juro no tomar bebidas alcohólicas en seis meses” (el lapso puede ser un año). El juramentado recibe un papel como prueba de su compromiso, y deja 20 pesos. Detrás de él vienen otros 20 hombres.

La derrama se extiende. En forma eventual, frente a las puertas laterales de la Basílica se coloca un tendido. Aparece un religioso. Sube a una mesa. Lleva un ramo y una cubeta de agua bendita. Los peregrinos llegan en grupo. El religioso los rocía. Por esta bendición que a veces baña el cuerpo por completo, se deja una cooperación de cinco pesos.

Y está el altar de las veladoras. En este recinto, ubicado hacia el lado norte de la Basílica, hay una veladora por cada milagro solicitado. Cada dos minutos, kilos de cera son recogidos para ser reciclados. El cronista de La Villa, Horacio Sentíes, dice que el número de veladoras es incalculable porque son tantas como favores se le piden a la Virgen de Guadalupe.

En esta organización de la vida hay un flujo de dinero alterno. Alrededor de La Villa, agrupados en seis organizaciones, 600 vendedores ambulantes ofertan artesanías y deslumbrantes artefactos chinos. La imagen de la Virgen de Guadalupe está impresa en cada producto. Cuadros, medallas, efigies, rosarios conforman una vendimia cuyo beneficio no es la parroquia, sino cada comerciante, insertada esta acción en la práctica del ambulantaje de la ciudad de México.

IV
“A nadie le importa eso. Yo digo que a nadie le importa el dinero que llega a La Villa. Porque con dinero o sin dinero, la virgencita hace lo que puede y siempre lo hace bien”, expresa un peregrino en el amanecer de un miércoles de febrero, después de recorrer los casi 60 kilómetros que separan la diócesis de Toluca de la Basílica de Guadalupe.

Ésta es la peregrinación más numerosa en la historia de las diócesis mexicanas, sólo superada en número de fieles por la del 12 de diciembre, cumpleaños de la Guadalupana. El hombre es campesino y vendedor ambulante de audífonos para computadora. Está vestido con camisa blanca muy pulcra y lleva unos tenis que imitan a Nike. Tiene 51 años. Trajo comida: nopales con queso y tortillas.

Está parado entre una masa humana de ancianos, jóvenes y niños. Con las primeras luces del Distrito Federal, alguien les indica a todos que empiecen a girar para ingresar al santuario. Es un final de trayecto luminoso. “Cuando uno llega, ya se olvida el cansancio”, agrega el hombre y se reserva su identidad.

Dice que a la Virgen de Guadalupe se le pide, no se le agradece. Porque ella es dadora de vida y justicia. Algunos otros fieles, en este amanecer, completan: justicia para el preso, justicia para el enfermo, justicia que haga llover al cielo en un momento preciso, justicia que cure la helada porque quemó el poco maíz que había florecido.

Una nube plomiza se alza sobre el cerro de El Tepeyac. El aire se vuelve húmedo y frío. “Todo se mejorará”, dice el hombre. Lleva cuatro horas de pie, en el mismo sitio, a la espera de que le toque llegar al altar.

Algo se ha modificado en esta escena que parece la misma que aparece en la prensa cada año. La costumbre de dormir en el atrio de la Basílica ha regresado. Al principio, llegaban a pie. Luego, empezaron a arribar en camiones. Se quedaban noches enteras en los alrededores de la Basílica.

En 2000, el entonces jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, inauguró la Casa del Peregrino. Es un lugar de 24 mil metros cuadrados y cuenta con cinco dormitorios. Los peregrinos ya no quieren quedarse ahí. Casi todos aducen que se corren riesgos.

En febrero de 2011 algunos repartieron su sueño en el suelo y otros en los 750 camiones que cargaron los enseres. Cuando amaneció, vieron a la Virgen, comieron y compraron medallitas en los puestos ambulantes. Muchos se molestaron por la invitación a imaginar cuánto dinero puede ingresar a la Basílica de Guadalupe en monedas. Y el hombre volvió a decir: “Eso qué importancia tiene cuando se viene a pedir un favor”.
V
—¿Por qué la Iglesia no rinde cuentas de su dinero? ¿Por qué no puede conocerse el monto en la Basílica de Guadalupe?

En el camino a La Villa de Guadalupe, en la casa de la delegación Gustavo A. Madero, donde ha pasado toda su vida, el cronista Horacio Sentíes, responde:
—Nosotros como mexicanos tenemos derecho a que se nos informe qué cosa está sucediendo. Ellos (los prelados católicos) son los primeros que deben acatar la moralidad. Pero predomina una situación difícil. Sabemos que tuvimos un conflicto por la revolución cristera. El Estado no quiere que se vuelva a repetir una situación así.

Es sábado. Afuera, los últimos peregrinos de Toluca emprenden el regreso. Muchos de ellos dicen que nadie se irá si no deja una monedita para la Virgen de Guadalupe.

Linaloe R. Flores. Periodista.

Inventario de cultos

En el inventario de cultos de los mexicanos, la Virgen de Guadalupe no tiene comparación. Por número de peregrinos, la devoción que le sigue es la del Santo Niño de Atocha que alcanza los tres millones de visitantes al año en su nicho de Fresnillo, Zacatecas. Siete millones menos que la Guadalupana.

El Niño de Atocha corresponde al mito de los niños santos carentes de reconocimiento de la iglesia católica.

No sólo en este país hay Niños Santos, pero sólo aquí se han reproducido con amplitud peculiar. En 2007 una sociedad de católicos alemanes realizó una investigación de esta veneración en el mundo. El documento —que puede ser consultado en la Parroquia de Plateros, Zacatecas—, reconoce la importancia de la adoración de un Niño Dios en Belén, uno más en Roma y otro en Praga. Aquí, la investigación encontró que la reproducción del Jesús Niño era inagotable porque “permea la posibilidad de que, cada vez, surja otro y otro más, según la necesidad momentánea”. Después del Niño de Atocha, si se sigue el número de fieles, se encuentra a la Virgen de Zapopan. Su bulto de 25 centímetros de altura es seguido por dos millones de caminantes en un recorrido por los templos de la diócesis de Guadalajara cada 12 de octubre. Esta virgen representa la fundación de esa ciudad. Los frailes franciscanos la cargaron de Michoacán, hecha con puro maíz, en el siglo XVI.

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