martes, 4 de diciembre de 2012

EL ORIGEN DE LA NAVIDAD Decima Parte

EL ORIGEN DE LA NAVIDAD Decima Parte

     Antes que nada hay que saber que los primeros creyentes en Cristo, que por cierto, en su mayoría eran de extracción judía no acostumbraban celebrar los cumpleaños. De hecho la celebración de cumpleaños es desconocida en el ritual judío tradicional (Enciclopedia Judaica). Por lo mismo, es completamente improbable que ni Cristo, ni su familia, ni los cristianos del siglo primero hayan adoptado la celebración del nacimiento de Jesús. De hecho los documentos del Nuevo Testamento no mencionan nada al respecto. Los cristianos enterados de la finalidad expiatoria del sacrificio de Cristo, más que celebrar su nacimiento habrían respetado el mandato del Señor Jesús de recordar su muerte. Para ello si existió una fecha precisa, el 14 de Nisán . El mes de Nisán era el primero del año judío, correspondiente a marzo-abril de nuestro calendario actual. Esta conmemoración fue instituida por el mismo Señor Jesús (Lucas 22.7, 15,19-20; 1ª. Cor. 11: 23-26).

     Muchos en la historia han tratado de abolir las celebraciones navideñas. Hacia el siglo III d. C. el teólogo Tertuliano (160-220) se quejaba diciendo que “nosotros que ahora desconocemos los sábados, los novilunios y las fiestas judías, en otras épocas aceptables a Dios, ahora frecuentamos los saturnales y otras festividades paganas, llevamos regalos de un lado a otro (…) participamos en deportes y banquetes con alboroto”. El papa Gregorio I en vez de tratar de eliminar las costumbres y creencias del pueblo, sus instrucciones fueron: “utilizadlas. Si cierta comunidad adora un árbol, consagradlo a Cristo, en vez de cortarlo y dejad que sigan adorándolo” (Natural History Magazine). Durante el siglo XVIII a los puritanos protestantes del reino inglés les molestaba tanto el origen claramente pagano de las fiestas navideñas, que las prohibieron en Inglaterra y en algunas de las colonias americanas. De hecho hasta se decretaron leyes que prohibían las fiestas y sancionaban a los que desobedecían: “La navidad es ilegal, todo aquel que la celebre o que siquiera falte al trabajo para quedarse en casa el día de Navidad será sancionado”. Hoy en día conforme crece más y más la desinformación entre los cristianos evangélicos sobre la naturaleza bíblica o pagana de las muchas tradiciones importadas del catolicismo medieval y esto tal vez debido a una patente carencia de ministerios de investigación y educación, se hace cada vez más difícil asumir una actitud escéptica y crítica con respecto a las mismas y mucho más difícil el pensar siquiera, en abolirlas.

     Nadie ha dicho ni ordenado, ni decretado ni mucho menos se ha basado en el Nuevo Testamento, base escritural de la religión cristiana, que sea una obligación celebrar las fiestas navideñas. En los renglones anteriores se ha intentado demostrar que, aunque fuertemente arraigada en la tradición occidental y muy difícilmente erradicable, la celebración de la Navidad no es otra cosa más que una tradición que se ha seguido manteniendo a lo largo de los siglos. Pero la tradición nunca se ha convertido en sacramento (“juramento”, “obligación”) por la fuerza de los años. De hecho hasta para muchas personas no cristianas (no comprometidas con Cristo) el mes de diciembre y sus fiestas son un buen pretexto para el desenfreno y la juerga. Se sabe por ejemplo que hasta los satanistas y los brujos celebran jolgorios el mismísimo 25 de diciembre. Ciertas brujas norteamericanas pertenecientes al grupo “Pacto de la diosa” revelaron que la festividad decembrina “es una de nuestras fiestas más agotadoras. Estamos de pie toda la noche y escenificamos nuestro ritual, miembros de nuestro clero realizan una interpretación dramática del nacimiento del niño solar” (San Francisco Chronicle 21 de diciembre de 1991).

Para un cristiano comprometido con Dios y su Palabra, la tradición nunca le impedirá percatarse de los fundamentos inamovibles de su fe. Y esta base no es el nacimiento sino la muerte de Jesucristo. Ese evento histórico es mediante el cual “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). FIN
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